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El agua es el principal componente del cuerpo humano, y supone entre el 55% y el 60% del peso corporal total. En una persona adulta de 70 kilos de peso, el agua representa unos 40 litros, distribuidos en todos los tejidos. Desempeña funciones muy importantes: constituye el medio en el que se diluyen los líquidos corporales (sangre, secreciones digestivas, orina, etc.); posibilita el transporte de nutrientes a las células y de productos de desecho desde éstas; ayuda a la digestión al diluir los nutrientes de los alimentos y contribuye a regular la temperatura corporal mediante la evaporación por la piel.

Por estas razones, necesitamos ingerir líquidos en cantidad suficiente para compensar las pérdidas que inevitablemente se producen. Para el ejemplo anterior, estas pérdidas se estiman en unos 2, 600 litros al día mediante distintos procesos fisiológicos: respiración (400 ml/día), sudoración (350 ml/día), orina (1.500 ml/día) y heces (150 ml/día). En condiciones normales, el exceso de líquidos, bien sea agua u otras bebidas o el de alimentos ricos en agua (frutas y verduras), conduce a una pérdida extra de agua vía renal, produciendo una orina abundante pero diluida. Cuando el aporte es insuficiente, el organismo responde disminuyendo parte de la eliminación por los riñones lo que conduce a una orina más concentrada.

 

Beber líquidos para hidratarse

Normalmente, la sensación de sed nos conduce a ingerir líquidos que nos permitan recuperando el equilibrio hídrico. En las personas mayores, el centro que regula el mecanismo de la sed deja de ser tan efectivo por lo que es necesario recordarles continuamente que tomen líquidos.

También hay quienes, a fuerza de no atender el reflejo de la sed, someten a su cuerpo a un estado de deshidratación permanente que puede provocar numerosos trastornos. Cuando se bebe suficiente líquido se obtienen muchos beneficios para la salud: la función de los riñones mejora, produciendo más cantidad de orina y más clara. Los riñones limpian mejor la sangre de sustancias de desecho y las eliminan con mayor facilidad.

Además, existe menor riesgo de que se produzcan cálculos renales y las heces se eliminan con menor esfuerzo, al estar menos secas.

Para comprobar si tomamos líquidos en cantidad suficiente, basta con observar el aspecto de la orina. Un color amarillo pálido indica hidratación adecuada, mientras que orinar con mucha frecuencia, en pequeña cantidad y con un color amarillo dorado o intenso y olor fuerte advierte de que no estamos cubriendo los requerimientos de líquidos.

Uno de los modos de compensar las pérdidas de agua es a través del agua contenida en los alimentos o platos preparados. En las bebidas y en muchas verduras y frutas el agua puede representar más del 90% del peso total. A lo largo del día, el agua que aportan los alimentos oscila entre 700 y 1.000 mililitros, por lo que no resulta suficiente para satisfacer las necesidades fisiológicas. Una vez en el tracto digestivo, los nutrientes de los alimentos (hidratos de carbono, proteínas y grasas) se metabolizan, se aprovechan, y en este proceso también se genera agua, unos 200–300 ml. Así, conseguimos un aporte de unos 1.100 ml; por lo que debemos ingerir otros 1.500 ml de líquido extra para equilibrar las pérdidas. Es decir, litro y media al día.

Fuente: Eroski consumer

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